No 22 EL ARZOBISPO: UN RÍO QUE AGONIZA FRENTE A LA INDIFERENCIA CIUDADANA Y LA NEGLIGENCIA INSTITUCIONAL

No 22 EL ARZOBISPO: UN RÍO QUE AGONIZA FRENTE A LA INDIFERENCIA CIUDADANA Y LA NEGLIGENCIA INSTITUCIONAL

En los Cerros Orientales, tímido, escondido entre árboles y piedras, nace el río ARZOBISPO. El murmullo del agua, se pierde entre el ruido de los carros de una ciudad  que se mueve indiferente, dando la espalda  a la vida. En su ronda, apenas se separa de la Avenida Circunvalar, un tapiz naranja, inclemente sepulta la esperanza de un ser que jamás verá  la luz del día, ni podrá extasiarse con el azul del cielo, que logra colarse entre las ramas de frondosos pinos, que  llegaron a su orilla, desplazando alguna especie nativa, para quedarse. En el límite de la Avenida Circunvalar con la Calle 40, una  valla  de la Empresa de Acueducto de Bogotá anuncia que  esta es un Área de Reserva Forestal de los  Cerros Orientales, en el Predio Arzobispo – Río Arzobispo. A renglón seguido se lee “Estos bosques  producen el agua y el aire para Bogotá,  Ayúdenos a protegerlos” y agrega, que: “Sólo se permite el ingreso con autorización”

Dando cumplimiento  al mandato del aviso, solicitamos a la entidad que autorizara el ingreso de integrantes del Consejo Territorial de Planeación Distrital, quienes estamos recorriendo las cuencas de los ríos Tunjuelo, Fucha, Salitre y Torca. Nuestro interés era llegar a la Cascada la Ninfa, ubicada justo en los Cerros Orientales, Predio Arzobispo- Rio Arzobispo.

Gran sorpresa nos llevamos al recibir la respuesta de la Empresa de Acueducto, pues se negó a dar curso a la solicitud, diciendo  por escrito, que la Cascada la Ninfa no es  controlada por la entidad. No obstante, la motivación pudo más que la respuesta y el miércoles pasado, en compañía del arquitecto  William Pérez de la Universidad Nacional y dos patrulleros de la Estación 13 de Policía, nos acercamos a buscar al guardabosques que presumíamos custodiaba este territorio. Una reja  nos  impidió el paso y de una vivienda aparentemente humilde, salió a atendernos una mujer que dijo ser su esposa. Nos comunicamos telefónicamente con el funcionario, quien manifestó que durante el día maneja un vehículo de la empresa y era imposible atendernos y acompañarnos, pues la entidad lo tiene dedicado a esa función. Con su permiso, logramos traspasar un fuerte cerramiento con alambre de púas, que circunda el inmueble, puesto para impedir el ingreso de maleantes que se acercan buscando cometer cualquier fechoría o robar las ocho mil (8.000) truchas del cultivo, que en pequeños estanques, constituyen una fuente adicional de ingresos para la familia que “custodia los Cerros Orientales”, en este lugar.

Con las advertencias del caso, decidimos hacer el pre-recorrido, antes del sábado 5 de diciembre, fecha señalada en el cronograma del CTPD. No acabábamos de empezar y ya el dolor y el miedo se apoderaron de nosotros. Montones de prendas de vestir, basura, excrementos humanos, marcaban la ruta a los “cambuches” que pululan escondidos entre las inmensas piedras del río. Chaquetas, pantalones, zapatos, presumiblemente, de exploradores arriesgados o ingenuos que se aventuraron en la ruta del Arzobispo, motivados por la soledad, el abandono del lugar, el amor, o quién sabe cuántas razones, para terminar huyendo desnudos, buscando la avenida como escape, o quizá sepultados para siempre, en la montaña, que una vez  en su seno se convierte en una jungla para quien no la conoce.  

No vimos a los actuales “dueños del río” pero podíamos sentir sus miradas escrutadoras tras las hendijas de sus cuevas, ya que a las 4 p.m. aún duermen o empiezan a despertar, preparándose para la jornada nocturna. Debimos salir de allí, por las dificultades de acceso y por el riesgo para nuestras vidas. En ese momento, podíamos decir con certeza, que la policía nos protegió. Regresamos nuevamente a la Avenida Circunvalar, pero la terquedad nos puso en un nuevo sendero, recorrido otrora, alejándonos apenas unos metros de  la ronda del Arzobispo. Allí, el panorama cambió, menos basura y un camino desgastado, casi a las 6:p.M., nos permitió decidir ésa, como la ruta para llevar al CTPD.

Ya el día sábado, quienes estuvieron presentes en la expedición, apenas comenzamos a subir por los cerros, se enfrentaron con los olores fétidos de excrementos humanos y basura, plásticos y papel depositados sobre el tapete naranja conformado con las ramas de los pinos, que en verano se constituye en el combustible propicio para desaparecer, como lo hemos visto, hectáreas de bosque en manos de los incendiarios.

Apenas a 15 minutos de la Avenida Circunvalar, la montaña nos ofreció un paisaje maravilloso, el sonido y la vista del agua fue seguido por los pasos ávidos de aventura de los caminantes, que acompasados con los trinos de los pájaros y el descubrimiento de los quiches, la lama, las pajas  y las flores, pedían llegar a la Cascada de la Ninfa. Antes de ella, entre piedras gigantes, hicimos el bautizo de los Hijos del Arzobispo, que estuvo precedido por la historia de por qué este río se llamó  y continúa llamándose así.  Allí, los consejeros asistentes, un grupo de ciudadanos invitados residentes de Nicolás de Federmán y funcionarios de la Universidad Nacional, hicimos el compromiso de cuidar, velar y sobretodo,  accionar para que se protejan los Cerros Orientales, se recupere el recurso hídrico y  la Ronda del Río.

Martha Elizabeth Triana
Consejera CTPD
Coordinadora de la Comisión POT.
Noviembre de 2016

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